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Pablo Nicolás nació el 28 de julio de 1992, era un hijo deseado, esperado y por sobre todas las cosas un hijo amado. Creció como cualquier otro chico: jugando, haciendo travesuras, e inundando de amor y ternura la vida. Era muy callado, parco en su hablar, pero inmensamente dulce y cariñoso. Fanático indiscutido del TC y Marcos Di Palma, y, paradójicamente, un trágico accidente de auto ocurrido el 19 de noviembre de 2006 a la salida del Autódromo Roberto Mouras, de La Plata, adonde había concurrido para disfrutar de su gran pasión, se llevó finalmente su corta vida, 14 años, el 26 de noviembre de ese mismo año.-
Hasta aquí una como tantas historias que solemos leer en los diarios. Pero Pablo, además de ser mi hijo amadísimo, sufrió en forma constante la violencia escolar, ya sea física (directa o indirecta) y psicológica.
Las burlas por su aspecto físico eran comunes (sí, era cabezón, pero hermoso), que volviera del colegio con la mitad de los útiles o con los útiles rotos, una rutina; la marca de un golpe, hasta una fractura en su mano, algo habitual, y como algo más destacado y “novedosa broma” de sus compañeros: lo intentaron arrojar debajo de un colectivo.
Mi presencia en la escuela solo conseguía que los ataques o “inocentes bromas” que “son comunes entre los chicos”, se acrecentaran en frecuencia y violencia. Lo que no hizo que bajara los brazos para que todo esto terminara.
Aunque tomé real conciencia de lo que mi hijo padecía luego de su muerte. Al tomar conocimiento de lo ocurrido, en la división donde él cursara, hubo una crisis masiva de llanto y nervios, pero lo que sorprendió a los profesores, directivos y padres de los alumnos fue que sentían, no solo dolor por la pérdida de un compañero, sino un sentimiento enorme de CULPA por todo lo que le habían hecho
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Tratando de remediar en algo lo que habían hecho, tratando de aliviar su culpa también, me acompañaron todos los días que Pablo estuvo internado, lo eligieron como “MEJOR COMPAÑERO”, diploma que lógicamente tuve que ir a recibir yo. |