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Cuando hablamos del comportamiento de los escolares respecto al que tuvimos nosotros, tendemos a crear una cierta añoranza en relación al respeto por el profesor o maestro y padres que al parecer ahora se ha esfumado. Sin embargo, otros análisis más rigurosos no atribuyen a esta pérdida de respeto el aumento de la violencia. Parece que nadie pone en tela de juicio que la situación adversa de algunas sociedades es caldo de cultivo de las actitudes antisociales en nuestros niños y adolescentes.

Parece que las causas están íntimamente ligadas a la realidad social en la que nuestros adolescentes se hallan insertos: la familia y la influencia de los medios. Es aceptado que la violencia se aprende. El doctor Chester Puarles, profesor de la Universidad de Mississippi, Estados Unidos, y autor de varios libros sobre el tema, dice con toda claridad: “Somos el país más violento de la Tierra. Para el momento en que un niño cumple los 6 años, ya ha observado 6 mil asesinatos y eso tiene un efecto catastrófico y devastante”.

En nuestros colegios también hay violencia, aquí las circunstancias del país, las cuales los niños las viven a diario en la televisión y en sus hogares, hacen de ellos personas agresivas.

Se debe fortalecer la familia y en especial a la pareja como primeros educadores de los niños, pues una familia con valores podrá proyectarse en sus hijos, fomentando la autoestima de sus miembros y desde allí darse a la comunidad.-

En las situaciones más comunes, y en cualquier ámbito de la vida en sociedad, se pone en juego la relación con aquellos que son percibidos como “distintos”. El no reconocimiento de ese otro como un par, surgen definiciones y calificaciones negativas que son el preámbulo de la estigmatización. Ese rechazo a las disimilitudes atenta contra la pluralidad y pone en riesgo la cohesión social. Identificar, entonces, dónde subyacen las concepciones y actos discriminatorios se vuelve perentorio.

La discriminación nace del “no reconocimiento” del otro como un par. A ese “otro” se le atribuyen características, motivaciones y conductas que son percibidas como negativas, como amenazas, y que provocan rechazo; eso lo vuelve un “ente eliminable”. Al definir y calificar lo distinto como negativo aparece la discriminación como práctica social.

La falta de reconocimiento de ese “otro” diferente de uno genera intolerancia. El intento por deshacer u oponerse a la diversidad es también intolerancia.

La riqueza de toda sociedad reside en la pluralidad de sus integrantes. La diferencia entre los individuos es la que permite pensar en la construcción de lazos cooperativos y complementarios que, en definitiva, son los que permiten la construcción de un conjunto social armónico. Que las personas sean distintas da lugar a la generación de un espacio en común donde compartir saberes y construir instituciones por medio del esfuerzo compartido.

Reconocer y tolerar la diversidad es lo que permite eliminar las conductas discriminatorias. La tolerancia hace al respeto de la integridad del otro. El cambio social necesario para erradicar la discriminación debe partir de un reconocimiento de la diversidad, de tolerar las diferencias y permitir la convivencia. El equilibrio social no se consigue con la eliminación de lo distinto sino con su aceptación e integración.

El Doctor Adalberto Pólit, escritor, ex Juez Nacional de Ejecución Penal escribió en una nota titulada “¿Violencia escolar o sociedad indiferente?” algunos de estos conceptos, que transcriptos dicen: “…Si tenemos en cuenta que una de las acepciones que nos dan los diccionarios del vocablo violencia es la “acción injusta con que se ofende o perjudica a alguien”, podemos pensar en el alumno que va armado a la escuela o el padre que increpa al docente porque su hijo no alcanzó el resultado deseado. … “y no solo se trata de enseñar a leer y escribir, sino que lo primordial es formar…” quién es el responsable de esta situación? ¿El Estado o la sociedad? ¿O ambos? Porque no nos dejemos engañar: la violencia no está en la escuela, “entra” a la escuela. Y entra porque hay una sociedad indiferente a los problemas que aquejan a las grandes mayorías, y así esos problemas crecen. … es hora que nos detengamos a reflexionar sobre la importancia del desarrollo moral como principio de la educación. Porque es necesario repetirlo hasta el cansancio: estamos preocupados por el futuro de nuestros hijos, que es decir el futuro de la Nación…”

 

 


 
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